Por: Rey Pascual García

Martí es uno de nuestros imprescindibles. Uno de esos que sentencia Bertolt Brech, al decir de «los que luchan toda la vida».  Y es que él es un hombre de infinita lucha, a tal punto, que dar su vida por la causa no era ya un sacrificio, sino un deber. Y sí, nuestro Martí era capaz de alzar un machete como mismo levantaba las hojas del periódico Patria. Ni enfermo en la cama por semanas durante el exilio, o siendo perseguido constantemente por agentes españoles con la misión de asesinarle, ni al tener que dejar a su familia, perdió un solo minuto en el empeño de conseguir para esta Isla la libertad añorada.

Hoy,  hace 125 años,  cayó en combate José Julián Martí Pérez, nuestro Apóstol. Pero no solo era Martí el hombre de ideas, de pensamientos, de libros y traducciones. No solo fue el poeta, el periodista, el que pensó en escribir para los niños de la América que ansiaba ver hermanada en una sola nación. No solo fue el político que unificó a los emigrados cubanos y con ellos fundó el Partido Revolucionario Cubano. No, nuestro Martí también portó los grados de Mayor General del Ejército Libertador. Desde el total silencio, porque » …en silencio ha tenido que ser…», fundó y estructuró los órganos de inteligencia del ejército mambí. De sus manos salieron las claves secretas y mensajes que posibilitaron la llegada de más de una expedición armada. Cuando la lucha parecía detenida, consolidó la unidad de los jefes y reinició la guerra contra España. También fue Martí, quien acompañado de su rifle y diez balas, desembarcó en un pequeño bote por Playitas de Cajobabo en una hazaña suicida. Y fue más, fue mucho más, hasta lanzarse a la carga contra el enemigo aunque ello le costara la vida.

A pesar de su caída física, aún no ha muerto Martí. Su ejemplo ha caminado y camina por la historia de este país. Cuando en 1953 la Generación del Centenario guiada por Fidel Castro se apoyó en su ideario, vio el Apóstol la lucha reiniciada una vez más hasta lograr la verdadera libertad en los albores de 1959. De ahí hasta acá, nos ha acompañado siempre. Su esencia no solo está en Dos Ríos, donde las huestes hispánicas le dieron muerte, o en las tumbas que en secreto de pocos, guardaron su cadáver para la historia, o en Santa Ifigenia, en el mausoleo que guarda sus restos en una urna con la estrella que ondea en nuestra bandera. El Maestro está también en cada escuela recibiendo a los pinos nuevos, está en cada fábrica cuando se entona el Himno Nacional antes de comenzar la jornada, en cada hospital, donde las batas blancas le rinden culto merecido a su ejemplo, es decir, Martí está en Cuba.

Por eso, desde la Universidad de las Artes, le decimos que no, que aún no ha muerto porque en cada obra de arte, está usted. ¡Gracias Maestro! 

Martes, 19 de mayo de 2020