Hay en los pueblos gente –que sin saberlo– se convierten en ciudadanos de su historia, de su cultura, de su pensar. Y es que Miguel Barnet, ensayista, antropólogo, poeta, intelectual de profunda y sagaz mirada, es ese hijo de Cuba, que con cada página siembra y hace fértil esa cubanísima manera de hacer cultura.

Lo que esta tarde recibe no es solo un diploma, no es solo una condición, es esta entrega del título de Doctor Honoris Causa, que entrega la Universidad de las Artes de Cuba, un aplauso que se mantiene vivo en homenaje y vivo gracias, a su larga vida como intelectual cubano. Barnet, recibe este título que viene desde las aulas del ISA, que lo toma hoy, como si fuera una madre abrazando a un hijo.

Acompañarán a Barnet en esta tarde música y danza para pintar de arte este momento. Participarán en este acto el Coro Femenino de la Universidad de las Artes, la musicalísima Beatriz Márquez, la poeta Nancy Morejón –encargada de las palabras de elogio–, la artista de la plástica Flora Fong, una representación de estudiantes de Danza Folclórica y la Compañía Banrará. El título, que será entregado a Miguel Barnet, de manos del Ministro de Cultura, Alpidio Alonso Grau y el Rector de la Universidad de las Artes ISA, Alexis Seijo García, es la manera más sagrada de alabar, desde esta Casa de Altos Estudios, a quien con y desde su obra artístico-literaria, ha forjado y guiado a varias generaciones de artistas, en el camino de hacer por ésta, nuestra Cuba, y de verla y amarla en todos sus centímetros.

Reproducimos a continuación las palabras de elogio a Miguel Barnet, de la poetisa Nancy Morejón y seguidamente las palabras de agradecimiento del Doctor Honoris Causa de la Universidad de las Artes ISA, Miguel Barnet.

Nancy Morejón / Elogio de Miguel Barnet

El amor propio es más fuerte que  una carga al machete

                                                                          Miguel Barnet

En un ensayo ya clásico, el ilustre investigador y profesor cubano José Juan Arrom alcanzó a fijar, a través de una descripción impecable, la naturaleza de  la condición de lo criollo.  Esa condición no se mantuvo incólume sino que fue desarrollando su propio curso invariablemente mestizo.  Lo que Arrom había vislumbrado por aquel entonces (1942) podríamos afirmar, con sus propias palabras, que esa argamasa ha constituido, paso a paso, “la fuente viva”, de la vocación intelectual del escritor Miguel Barnet ( La Habana, 1940) quien ahora recibe, merecidamente, el grado de Doctor Honoris Causa de la Universidad de las Artes de Cuba.

Ya Don Fernando Ortiz, desde su excepcional Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), había trazado el dibujo preciso de su variante más trascendente que no era otra sino el vasto proceso de transculturación que marcaba al arte y la literatura cubanos a lo largo de todo el siglo XX.

La producción de Miguel Barnet es cuantiosa y, en sus vertientes, ha alcanzado una dimensión extraordinaria presentes en ellas pues en su centro advertimos dos miradas que definen la suya:

  1. La del antropólogo, con paso explorador y oficio múltiple, que hurga en esa misteriosa cubanidad, mostrada al mundo, entre otros, por Alejandro de Humboldt, Renée Méndez Capote y el propio Don Fernando.
  2. La del poeta cuya cosmovisión se fue nutriendo del trabajo de campo y de toda una práctica, resultado de sus indagaciones etnológicas, hasta parar en el cultivo de narrar historias, creando, a su vez, personajes emblemáticos de lo que ha sido y es nuestro carácter. Ese quehacer navegó entre dos signos complementarios: el de Alejo Carpentier y el de Nicolás Guillén.

En Cuba, en círculos académicos, es usual escuchar una frase, aunque no a menudo, en relación con la naturaleza y la historia cubanas en donde se establece, de hecho, una jerarquía de sus grandes descubridores.  El primero es Cristóbal Colón (Génova, 1451?-1506), el navegante atrevido, salido de Palos de Moguer, un 3 de agosto de 1492, con sus tres carabelas: La Niña, La Pinta y La Santa María.

El segundo, el gran explorador y mejor antropólogo Alexander von Humboldt (Berlín, 1769-1859)  cuyo bojeo a la Isla sentó, en pleno siglo XVIII, las bases de todos los estudios e investigaciones posteriores realizados para describir y situar las particularidades territoriales y culturales de Cuba.   Sus largos viajes al continente americano y al Asia fueron el acicate hacia una percepción global y cierta, cuya temprana interpretación no le impidió redactar su célebre Cosmos o descripción física del mundo. Sin duda, para el sabio alemán éramos el mundo o, por lo menos, la célula que proporcionaba, entonces, la modernidad que nos distingue, pues ha marcado una insoslayable diferencia. El tercero, según lo nombrara en su época el poeta y ensayista cubano Juan Marinello, es el gran sabio y polígrafo cubano Don Fernando Ortiz (La Habana, 1881-1969) quien alcanzó tal categoría por haber hecho la gran contribución al descubrimiento y estudio de las culturas negras de Cuba, las Antillas, el Caribe y el continente hasta fijarlas en el mapa de nuestra historia en el marco de la civilización del hemisferio occidental. Espejo y consecuencia de esta tradición, toda la obra de Miguel Barnet ha contribuido a situar, esclarecer y reflexionar, con la mirada de la segunda mitad del siglo XX,  las culturas negras de la Isla cuyos principios fueron revelados y descritos por los “tres descubridores” mencionados.

Habiendo cursado la enseñanza primaria en un colegio norteamericano de La Habana  –su ciudad natal–,  así como estudios de publicidad y ciencias sociales, que quedaron inconclusos, ya en 1960 Miguel Barnet tomó clases en el Seminario de Etnología y Folklore.  Entre 1961 y 1966 fue profesor de estas disciplinas en la Escuela para Instructores de Arte y trabajó como investigador en el Instituto de Etnología de la antigua Academia de Ciencias así como en la Biblioteca Nacional.  En una época de intensos descubrimientos en donde confluían el azoro de un adolescente ante universos desconocidos y la opción de cambios sociales irreversibles, el joven Barnet procedió a expresarse mediante el montaje de las palabras.  Es el inicio de algo que todavía perdura en su sensibilidad: trasponer, convertir su experiencia vital en reflexión literaria.  En el centro, como surtidor mágico, el reconocimiento de una oralidad, a flor de piel, inscrita en el habla de sus contemporáneos, en especial de aquellos que no había conocido en su escuela del Vedado sino, muchos años después, en el fragor de los barrios más populares de la capital que frecuentaba guiado por Argeliers León.

La oralidad es un manantial que transpira a lo largo del estilo de Miguel Barnet porque se convierte allí en un valor tan intransferible como renovador ya que sus pilares se asientan en el trabajo de campo, en esa suerte de laboratorio comunitario.  Fijar características, describir hábitos, señalar deudas, contradicciones y choques de cultura convierte ese quehacer en una fuente insustituible de veracidad, indagación y perspicacia. 

A partir de esta observación, algunos podrían explicarse  –y, sobre todo, comprender–  la importancia de la obra de Ortiz quien, entre otras muchas contribuciones, puso en su sitio el caudal de lo que Barnet ha llamado la fuente viva.  Tan es así que, para el lector de todos los tiempos, el autor de Oficio de ángel, ha recopilado una indiscutible suma de artículos, estudios, notas y reseñas sobre el imaginario de la cultura popular cubana.

La escritura de Biografía de un cimarrón (1966) fue una experiencia inigualable, nutricia, de la que salieron después todos los modos y estilos de la literatura de Miguel Barnet.  Los escritores Lisandro Otero y el mexicano José de la Colina escribieron espléndidas reseñas,  casi las primeras, aparecidas en la revista Bohemia en donde fijaron estos autores las condiciones del inminente triunfo editorial, recién estrenado.  De aquel momento a esta fecha, existen más de setenta y tres ediciones de Biografía de un cimarrón, en todos los idiomas modernos.  

El acontecimiento editorial reflejó las excelencias de aquel libro el cual no sólo reflejaba un hecho sin precedentes sino que, simultáneamente a su plural existencia, se iba gestando, en el tiempo, un incesante e invaluable cúmulo de reseñas, notas, estudios y artículos aún hoy sin recopilarse.  Ya a principios de los setenta, Barnet concibió un texto en donde plasmaba lo que él definiría, después, como novela-testimonio.  Era su modo de reagrupar los libros que habían continuado la saga iniciada en 1966. 

Barnet sedimentó el discurso de Esteban Montejo en función de sus sentimientos patrióticos.  El esclavo defendía su fijación de encontrar la libertad, es decir, su más legítima independencia.  Nunca fueron más claros los ideales martianos que rezan: “Patria es humanidad”.

Alejo Carpentier ha registrado una afirmación que conlleva un resorte clave en la construcción de esa pirámide cuya profunda africanía emerge hoy con claridad. Para él, fueron los cimarrones los que nos mostraron el camino hacia el amor a la libertad que era decir en aquel entonces a la independencia. Decía Alejo: “Resulta que el negro que llega a América aherrojado, encadenado, amontonado en las calas de buques insalubres, que es vendido como mercancía, que es sometido a la condición más baja a la que puede ser sometido un ser humano, resulta que va a ser ese precisamente el germen de la idea de independencia”. Por otra parte, al año apenas de haberse publicado, Alejo escribió sobre Biografía de un cimarrón lo siguiente: “Miguel Barnet ofrece un caso único en nuestra literatura: el de un monólogo que escapa a todo mecanismo de creación literaria y se inscribe en la literatura por sus proyecciones poéticas”

Burlada y virtualmente atrofiada, la independencia no llegó a buen término. La cultura oficial del siglo XX heredó ese miedo al negro y, durante mucho tiempo, ese costado cubano fue vejado, marginándose como a un signo bárbaro del que no sólo teníamos que avergonzarnos sino arrepentirnos. Sin embargo, la década del treinta sacó al negro de su encierro para amoldar una expresión con visos nacionales que sellará un arte y una literatura partiendo de la asunción del componente africano. Toda una época de reconocimiento y sacudida cultural nacía. Estábamos ante esa expresión mulata que hoy le da la vuelta al globo en su cubanía universal más allá y por encima de tonos y tintes de piel. Bajo los auspicios de Fernando Ortiz, una pléyade de obras y creadores salían a la palestra pública enarbolando el lugar de una expresión hija de aquel componente, reacción que fue también un catalizador de orden social que también contribuyó a remover costras de prejuicio racial cuando no de un racismo embozado. Así florece la gran poesía de Nicolás Guillén junto a creaciones del propio Carpentier, Emilio Ballagas, José Z. Tallet, Marcelino Arozarena, Regino Pedroso, Alejandro García Caturla e Ignacio Villa (Bola de Nieve).

Miguel Barnet, hijo conciente de esa maravillosa tradición, encontró el equilibrio de los géneros entrando y saliendo de la poesía a la narrativa, y viceversa hasta encontrar el discurso de su elección, siempre hermoso, eficaz, isleño, fiel a la historia de los sin historia como preferían nombrar la realidad Juan Pérez de la Riva y Pedro Deschamps Chapeaux.

Más cerca  del mexicano Ricardo Pozas o, incluso, del norteamericano Oscar Lewis, sin embargo, Barnet ha dedicado siempre un espacio inefable a la memoria de su ejemplar y metódica Calixta Guiteras, sin cuyo concurso aquella obra maestra inicial, no hubiera existido.  En años posteriores, José Rodríguez Feo tuvo a bien publicar ese texto en la revista Unión que dirigía. 

Inspirado en Esteban Montejo y sus episodios más significativos en el monte cubano, el compositor alemán Hans Werner Henze compuso una ópera originalísima, de nombre homólogo y gran éxito de público y crítica, incluida en el repertorio de los más exigentes auditorios y compañías de teatro lírico.

Sin embargo, la esencia más pura de su expresión poética había nacido, tres años antes, al aparecer su primer cuaderno de poemas La piedrafina y el pavorreal (1963) en donde afloran los primeros rasgos de lo que llamo “los laberintos de la fraternidad”.  Aquí encontrará el lector los escenarios fundacionales de la producción literaria de Miguel Barnet, aposentados luego, en las páginas insospechadas del Cimarrón.  La cadencia de cada giro, el sitio primordial concedido al habla cotidiana de Esteban Montejo, a su decir único, engendraron, de modo natural, ese tesoro lingüístico, de costumbres y ético que late en ese clásico de nuestra historia literaria.     

Como se sabe y ha sido reconocido en numerosos ámbitos literarios, Roberto Fernández Retamar aclamaba aquella poesía desnuda, clara que, ante todo, ponía el acento sobre el habla coloquial de sus compatriotas así como los sustratos expresivos de esa fuerza telúrica que habían traído a la isla, en las bodegas de los barcos negreros,  los africanos expatriados a la fuerza para ser vendidos, revendidos, como objetos de uso, en un expolio sin precedentes que todavía hoy observamos y estudiamos a diario. Decía Roberto, en 1963, en la nota de contracubierta de la edición príncipe de La piedrafina…:

«De los poetas surgidos con posterioridad a la Revolución, con la cual se halla desde luego    estrechamente identificado, Barnet es uno de los primeros en encontrar voz propia. En sus poemas las preocupaciones concretas que animan también sus estudios sobre el país, unidas a un penetrante lirismo directo, le permiten una mirada cubana, según su voluntad, dentro de una línea que puede ya considerarse característica de la expresión nacional.»

En aquellos poemas, el poeta logra trazar para el lector común un discurso literario cuyo eje central era  un fresco inaudito de personajes y escenarios, los más populares de la ciudad, que constituirían la base de su amor por el prójimo y donde anclara esa mirada suya. 

Así que la tradición oral fue convirtiéndose en la columna vertebral de un tratamiento del lenguaje el cual, sin duda alguna, se alimentaba de recursos literarios provenientes de un estilo que legitimaba las más puras aspiraciones de toda una generación que ponía en práctica un arte poética que abogaba por la inserción en su cuerpo de elementos coloquiales ya emblemáticos en la obra, digamos, de José Zacarías Tallet.

El precepto de Tonde, un santero oriundo de Palmira  –ese pequeño pueblo de la actual Villa Clara, en el centro de nuestros archipiélagos–, marcaba la diferencia de un cosmos en donde las culturas negras alcanzaban el protagonismo que, en siglos anteriores, habían obviado o negado los estudiosos y pensadores de la época.  De Jack Blossom a Tonde la mano del poeta dibuja un arcoíris de fraternidad, de comprensión y de canto a la naturaleza y a la humanidad. Barnet se afiliaba a aquel precepto en su raíz: “El cielo es inmenso, pero no pare yerba. / La tierra, la cosa está en la tierra”. Es como si, ahora mismo, escucháramos el parecer de un campesino ante las montañas de los Andes.  La suerte está echada.  Era nuestro destino.

Pocos saben, pocos conocen, del trabajo de Barnet como traductor del inglés al español.  Durante los primeros veinte años de su carrera literaria, fue un lector indetenible de la literatura escrita en ese idioma, fuese creada en Gran Bretaña, África y el Caribe, o en Estados Unidos.  En esa encrucijada, nace su traducción de la novela A sangre fría (1965), con prólogo suyo también, del narrador norteamericano Truman Capote, publicada por la Editorial Nacional de Cuba, que fundara Alejo Carpentier.  En realidad, la colección donde aparecería el título, fue diseñada y estuvo a cargo de Ambrosio Fornet.  Su publicación constituyó un antes y un después de la vida editorial cubana.  A tal punto que, en el fragor de aquel instante, José Rodríguez Feo compiló su célebre antología de cuentos norteamericanos.  Un best-seller en la Isla.

 Un arte poética como ninguna

“La sombra tranquila de las piedras”, como evoca en su precursora imagen de la isla, armaron el camino que ha recorrido el poeta para amasar un discurso literario siempre latente, siempre sobreviviente, en el musgo de las cosas cotidianas, en el sabor de la calle parlera, silbante, enardecida por los tambores de Miami, el solar contiguo, hasta alcanzar la libertad más transparente en medio de una de las poéticas más originales de su generación. Y Cuba en el sueño mayor de su biografía personal.

Desde su planeta de seda, con un garabato rojo y negro,  Miguel Barnet ha trazado ese hermoso camino hacia sí mismo, hacia nosotros mismos que habíamos emprendido ya el largo camino hacia la Vía Láctea para llegar, de nuevo, a los claros del bosque en San Lorenzo y Alegría de Pío, buscando la sombra  húmeda de los claros orientales. 

Gustábamos y continuamos prefiriendo el sabor simultáneo de la jarana y el paseo inteligente.  Un paseo inteligente no es más que un recodo habanero donde aparece la charada china como un telón de fondo para que intercambiemos abrazos, versos, bromas,  risas, semblanzas, fuegos fatuos y prosas…  En ese descampado, se bifurcan los ánimos de las coristas –que no están preparadas para la muerte– cerca del Teatro Alhambra y, de cada zarzuela adormecida, va saliendo un silbido inmortal, el rumor de la densa manigua –con su espumoso Monte Carulé–, ya desbrozados con su talento de explorador incansable, con sus chaquetas cuatricolor, su trémula bufanda  y la lengua que le ha prestado el fantasma risueño de Rita Montaner. 

Anoche mismo fuimos al Prado y en medio de un torbellino ecuatorial, esperando los dos el paso de los Dandys, o el carretón nocturno de Mamá Perfecta, Iñale bambolé, Iñale bambolé, Iñale bambolé, me confesó abiertamente lo que, minutos antes, ante una golondrina, le había confesado Albert Camus a René Char: “Siempre he puesto en lo que escribo toda mi vida y toda mi persona.  Ignoro lo que puedan ser puros problemas intelectuales”.  

La buena estrella de Miguel Barnet duerme bajo la luna, bajo la fronda de Esteban Montejo.  Por eso su letra fiel no es otra cosa que una flor de los vientos asida por la tierra, los astros y la Isla de Cuba.  Por eso su letra incomparable sigue siendo la nube más blanca, la favorita del sol, la preferida de mis sueños…

El Cerro, 8 de enero, 2020

Palabras de Miguel Barnet en la entrega del Título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de las Artes (ISA).

Queridos amigos:

Compañeras, compañeros:

Ante todo agradezco sinceramente que en vísperas de mis ochenta años el Instituto Superior de Arte, universidad sui generis del Continente, nacida por la inspiración de Fidel Castro, haya decidido otorgarme este Honoris Causa.

Debo mis respetos al rector de esta prestigiosa universidad el licenciado Alexis Seijo y a su competente claustro, impulsor de las corrientes de vanguardia estética y su función social. Aquí convergen las más atrevidas y transgresoras corrientes artísticas de la música, la danza, el teatro y las artes plásticas.

Por todo eso, y porque este centro acuna a jóvenes talentos que ya son parte del entorno cultural, mi alegría es mayor. No he hecho otra cosa en mi ya larga vida que romper esquemas, violentar los géneros y colocarme siempre en la primera línea de los corredores de fondo.

Y ahora permítanme exponer sucintamente los principios que he cumplido al pie de la letra y que son la receta de este hijo de vecino.   

Lo primero es que he dedicado gran parte de mi vida al rescate de la llamada gente sin historia. Esto parece un aserto de perogrullo pero no lo es. Detrás de la luz está la sombra. Como dicen los japoneses en la sombra también hay luz y esa luz oculta, escamoteada, relegada, es lo que ilumina toda mi obra. Es la luz de los que no tuvieron voz y cuyas historias sin embargo marcaron hitos en el devenir de la sociedad cubana. A eso he dedicado algunos textos que califiqué de novelas-testimonio creando un binomio sintagmático que definiría mi propósito como creador.

¿Qué he tratado de revelar? Muy sencillo, el flujo de vidas que en silencio y con estoicismo y modestia pero con acendrada savia y honda raíz han contribuido a la definición de la identidad nacional y de la idiosincrasia de un pueblo, el cubano.

La literatura, esa esencia misteriosa que lo puede todo, que nos hace ver hasta del otro lado de la luz, y mis acercamientos a las ciencias sociales, me dieron las herramientas para elaborar ese producto híbrido que en 1966 se me ocurrió calificar, de novela testimonio, a la que algunos dan categoría de género mientras que en mi criterio es sólo una materia prima para moldear. Establecí una profunda complicidad con la historia y con mis personajes, nunca ajeno, jamás, a la vibración de la poesía que es la verdadera piedra de toque de mi obra y, desde luego a la vocación fundacional de contribuir a la compresión de un concepto más integral y coherente de nación.

Las lecciones de la historia latinoamericana dan en los años sesenta un impulso devastador a la obra testimonial. Creo que la Revolución Cubana, con su poderoso influjo orgánico impregnó de una savia nutriente y renovadora a toda la literatura de este tipo que se desarrolló en América. La introducción de la historia en la nueva narrativa, como brújula y bastón se produjo tanto por medio de la novela histórica como del realismo testimonial. Dos corrientes que van aparejadas en una estrategia que incita y provoca nuevas vertientes ideológicas.

La novela testimonial pone en tela de juicio no solamente los estereotipos étnicos, culturales o sociales, sino también reelabora varias tendencias tradicionales de la literatura: el realismo, la autobiografía, o autofonía, la relación entre la ficción y la historia y otros ismos. Historia que aparecerá siempre partiendo de situaciones individuales y significativas vividas por seres marginados. Revisar una interpretación del pasado manca y deforme y ofrecer una visión desde una perspectiva de lucha de contrarios. La intencionalidad es la fibra misma de este tipo de obras. Marginados, subalternos, desclasados, vistos desde una óptica cóncava, escudriñando todos los lados, sin caer tampoco en un esquematismo plagado de propuestas demagógicas, pseudopolíticas o panfletarias.

Y este es el mérito de la novela-testimonio, porque la novela-testimonio es un relato que va en movimiento y está a mitad de camino entre la historia, la filosofía, la sociología, la poesía. Toma prestado de todas esta corrientes pues lo que transmite realmente es una evocación, una fábula y a veces una moraleja. ¿No tendrá esto que ver con el discurso contemporáneo de la posmodernidad? ¿Habré sido yo un adelantado, un ingenuo poseído de una poderosa intuición?

Yo partí de la etnohistoria, de conceptos y presupuestos antropológicos y sociológicos, pero traté de que ese roce con la literatura pura no perdiera, o mejor, que en este roce con la literatura pura no se perdieran energías y que la obra con sus personajes y sus paisajes se viera cargada de sustancias nutricias. Cuando un vendedor de periódicos, en una esquina habanera, me dijo que le había gustado mi libro Biografía de un Cimarrón porque no parecía una novela, lo tomé como el mejor elogio, el más profundo y acertado.

La memoria, como parte de la imaginación, ha sido la piedra de toque de mis libros. Gracias, muchas gracias, noble y celestial de Nemosina. Aspiro a ser un resonador de la memoria colectiva de mi país. Para ello es que voy al discurso oral, a los mitos y a la fabulística antropomórfica de Cuba: estado puro de la materia elaborada por Alejo Carpentier en El Reino de este mundo.

No creo ya en los géneros, como nunca creyó el pueblo en ellos, el pueblo que cantó en décimas, en cuartetas, que contó en formas teatrales y noveladas, que lo supeditó todo a la eficacia del mensaje, que nunca se enquistó. Creo que nuestros pueblos tienen  mucho que contar aún, y con su propio lenguaje, no con un lenguaje que le inventen para desvirtuarlo.

Más que crear, más que inventar lo que he hecho en mis prosas es recrear, reinventar incluso una tradición que iba a morir, actuar como un resonador de esas voces, como un reflector que va iluminando esos pliegues interiores, esas zonas oscuras, haciendo aparecer con luminosidad propia figuras que habían estado ahogadas en lo opaco. Este es el único mérito de la novela testimonio que he contribuido a crear con herramientas propias.

No solo la antropología social y sus novedosos enfoques sino el ideario cubano de tradición ética y sus proyecciones sociales me aportaron una visión de la cual yo me apropié, ávido de afán de justicia y obsesionado por entender las claves secretas de mi país. Cuba, la Cuba profunda, se convirtió en una obsesión para mí. Comenzó entonces la labor de sondeo y búsqueda en los intersticios del tejido social que había tenido ante mis ojos y que no podía ver con claridad. Con el convencimiento de que todas las vidas son importantes, aún las más ocultas y aparentemente apagadas, hallé a mis personajes: esclavos, cimarrones, gallegos que llegaron a la isla en alpargatas, coristas de un teatro vernáculo estigmatizado, emigrantes cubanos que tras rocambolescas aventuras buscaban el bienestar económico en las urbes del norte, criaditas inocentes que se enamoraban de señoritos atildados y petimetres, travestis súper maquillados, íconos de lo más grotesco y tierno a la vez, y tías escandalosas que huían de la gazmoñería burguesa y se untaban extractos de amapolas en las axilas para salir al limpio.

Busqué sobre todo la misteriosa urdimbre del lenguaje, no como caricatura sino como naturaleza viva.

No soy un escritor puro. Soy algo así como un híbrido de halcón y jicotea. Veo desde lo alto de las cumbres inasibles y expurgo en lo más raso de la tierra para recoger la savia y despejar los caminos de los residuos y el estiércol. No aspiro a definiciones categóricas, ni ofrezco soluciones sociales. Las soluciones sociales, son el menester de los políticos. Lo único que deseo es mostrar el corazón que late con fuerza en el cuerpo humano desafiando el tedio y la inercia.

No me interesa, el tipo simpático, imaginativo y jaranero, ni tampoco, con respeto de mis admirados Truman Capote o Norman Mailer, los crímenes múltiples como en la novela A sangre fría, ni las oleadas reivindicadoras de la izquierda en la obra de Norman Mailer, por ejemplo.

Me interesa penetrar en la psiquis colectiva para que mis personajes se muestren en toda su pequeñez o su grandeza. Ambas son extremos legítimos de la especie a la que pertenezco. Y no admiten medias tintas.

Aspiro a presentar un mundo al revés. Rescatar un lenguaje raigal y devolverle al ser humano lo más puro de su esencia. Creo que con eso, y lo he comprobado, le devuelvo también un poco de la felicidad secuestrada, y la autoestima perdida en los meandros de las diferencias sociales, las discriminación y el desprecio. Por ello me brindo, como escritor, en dulce y pronta servidumbre. Si algo me propongo es que todos como una gran familia vigorosa podamos alcanzar la dicha de llamarnos cubanos, latinoamericanos o sencillamente habitantes de este convulso planeta que cada día pierde más su necesario equilibrio.

Así; desde aquí, desde esta isla alucinante y visceral podremos empujar un país, este pequeño país hacia un destino de dicha mayor.