Discurso de graduación de Caridad Figueroa Álvarez, mejor graduada integral de la Facultad de las Artes de Conservación del Patrimonio Cultural

Buenos días

Distinguidos invitados de la presidencia, estimados profesores, queridos compañeros y amigos.

Quiero comenzar esta alocución con una confesión: cuando se me dijo que tenía que hablar en representación y frente a los aquí presentes estaba a punto de abordar un ómnibus rumbo a Madruga para celebrar la boda de una de mis mejores amigas (que dicho sea de paso es una de las graduadas) y mi mente estaba lista para todo menos para preparar un discurso de graduación por lo que los nervios no me dejaron dormir casi que hasta ayer.

Es una gran responsabilidad escoger las palabras indicadas para expresar en nombre de todos el orgullo y la satisfacción de alcanzar esta meta, contentos de haber aprendido algo más sobre quiénes somos y qué tenemos para ofrecer al mundo.

Sumando a ello el hecho nada zaroso, para mi, de que estemos aquí estas dos facultades Artes Visuales y Artes de la Conservación del Patrimonio Cultural (Restauración como todos en el ISA le llaman), las dos caras de una moneda, quienes crean y quienes conservan y decodifican esas obras para generaciones venideras. Años atras nuestras facultades eran una misma, ya que restauración era un perfil de  Artes Plásticas. Y hoy celebramos la graduación de la promoción de Artes Plásticas y de la primera promoción de conservadores-restauradores y museólogos como facultad independiente.

El no haber compartido el Aula Magna el día de la bienvenida no impidió que hicieramos este camino juntos. Nos une algo más que la herencia académica y el gusto por las artes visuales, nos une la beca. Compartimos durante casi 3 años el mismo piso, esos cuartos fueron algo más que dormitorios, se convirtieron en espacios de creación, reflexión, donde compartimos tristezas y alegrías; donde el café era líquido vital, motivo  ritual y excusa perfecta. Ahí nos hicimos amigos y compartimos lo aprendido en las aulas.

Pero el ISA toda es un aula, aprendemos más allá de las cuatro con un pizarrón, aprendemos debajo de la mata de mango, en las cúpulas, en las plaza de la Vagina, en las ruinas, a orillas del Quibú y aprendemos no solo de arte, aprendemos de humanidad, de hermandad, de solidaridad, aprendemos para la vida.

Creo todo eso se dejó ver cuando nos enfrentamos a los efectos de la nueva normalidad, que trajo consigo nuevas dificultades que más que frenar o entorpecer nuestro desarrollo nos hizo cercanos y mostrar de qué estamos hechos. Nadie paró de crear durante los casi dos años que la Covid nos aisló. Todos creaban desde sus casas y creaban nuevas maneras. Dejaron a un lado el ego del artista y se entregaron a trabajar en centros de aislamiento poniendo en riesgo sus propias vidas, a colaborar en la vacunación, organizar colas, en fin, brindar ayuda a todo aquel que lo necesitara. Una lección de humildad, pertenencia y respeto, que nos hizo mejores seres humanos, mejores artistas.

Hoy aquí celebramos la cosecha de todo este trabajo y aprendizaje; pero no es el fin del camino, estan solo al comienzo.

Sin más agradecer a nuestros profesores, padres, familia, amigos, a todos los que hoy están a nuestro lado aplaudiendonos y apoyándonos y a todo aquel que no pudo estar aquí hoy pero estuvo cuando fue más necesario. Gracias a todos los que nos allanaron el camino y nos dieron un empujón para llegar a este preciso instante. gracias a todos.

Gracias.

La Habana, 28 de marzo de 2022