El Maestro Manuel Pérez Paredes, destacado cineasta cubano, acreedor de importantes reconocimientos nacionales e internacionales, exhibe una sólida y vasta obra defensora de nuestros valores culturales, la cual constituye un referente para varias generaciones de cubanos y latinoamericanos, es por ello que recibe, en la tarde de hoy 7 de diciembre, el homenaje de la Universidad de las Artes.

A continuación, las palabras de elogio del escritor Víctor Casaus para el homenajeado.

Queridas amigas, queridos amigos:

Tengo abiertos aquí, en sus pantallas correspondientes, tres documentos: una hoja de vida de Manuel Pérez Paredes, el elogio que escribí para la entrega de su Premio Nacional de Cine en el año 2013, y las palabras de agradecimiento del homenajeado, todo leído aquel día en el vestíbulo del cine Charles Chaplin.

Esos textos me ayudarán ahora a armar el que sigue, cómplice y breve, para compartir junto a ustedes la admiración por la vida y la obra de este creador intenso, profundo y generoso que recibe hoy el más alto reconocimiento de la Facultad de las Artes de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA), del Instituto Superior de Arte.

Tomo de entrada el título de aquellas palabras del 2013 para encabezar estas páginas: elogio de la complejidad. Creo que su esencia y propuesta sintetizan, de manera justa y justiciera, la obra cinematográfica de Manolo. Como ven, paso inmediatamente al tratamiento coloquial, cotidiano y auténtico de su nombre para no restarle la presencia necesaria a los valores humanos, de amistad y compañerismo que corren paralelamente a los altísimos logros profesionales de su obra –es decir, de su vida.

Para cumplir con algunos códigos inevitables, habría que decir ahora que Manolo nació en La Habana en 1939 y que su actividad cultural por la que lo homenajeamos hoy comenzó en el año 1956 cuando integró la Sociedad Cultural Cine Club Visión, una de las canteras de futuros cineastas del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, que se fundaría tres años después. A ese recién nacido ICAIC, fundado por Alfredo Guevara a través de la primera ley de la Revolución en el ámbito de la cultura –junto a la Casa de las Américas– llegó el joven futuro cineasta y realizó una de sus primeras acciones en el bullente territorio creativo del cine revolucionario: el estudio profesional de la dramaturgia cinematográfica al participar como asistente de Cesare Zavattini en el trabajo de investigación para escribir el guion de El joven rebelde, largometraje de ficción que dirigiría Julio García Espinosa en 1961.

Esta etapa inicial de formación incluyó, casi de inmediato, en 1960, su trabajo como asistente de dirección de Tomás Gutiérrez Alea en el tercer cuento del primer largometraje de ficción del ICAIC, Historias de la Revolución. Manolo realizó, entre 1961 y 1966, en el camino de su formación como cineasta, cinco documentales: Cinco picos, Caimanera, Pueblo de estrellas bajas, Era Nikel Co. y Grandes y chiquitos, antes de dirigir sus primeros cortos de ficción: La esperanza y El desertor en 1964 y 1968 respectivamente.

Me ha alegrado mucho la justicia justiciera de este alto reconocimiento que hoy recibe Manolo. Sobre todo porque en ese gesto y este acto confluyen las acciones, las aventuras y los riesgos de la fundación y de la historia del cine cubano. Esto es así porque la vida de este cineasta, activista, pensador y analista incansable pasa por esa historia dejando los importantes aportes por los que hoy recibe este reconocimiento que tanto merece.

En 1973 llegaría su primer largometraje de ficción, su opera prima, El hombre de Maisinicú, ese clásico del cine cubano y latinoamericano.

Observando –y sintiendo–, desde la mirada de hoy, la vigencia y los valores perdurables de El hombre de Maisinicú, podemos (re)confirmar que la obra cinematográfica, el pensamiento y la acción práctica de Manolo Pérez han devenido ejemplos de consecuencia y autenticidad, puestas al servicio de su compromiso a partir de una visión compleja –profunda, seria y arriesgada– de eso que llamamos, para entendernos, la realidad, pero que puede recibir también los nombres de historia con mayúscula o minúscula, transformación de la sociedad, cambios que se presentan como ineludibles, territorios en fin donde se mueve el bicho humano que somos –según el decir de Eduardo Galeano– en la búsqueda de caminos para el desarrollo de la felicidad y la felicidad del desarrollo en todos los campos que resulten necesarios: los de la superviviencia material y los de la ética y la defensa de un modelo de conducta humana en el que prevalezcan la solidaridad sobre el egoísmo, la honestidad sobre la corrupción y el riesgo sobre el acomodamiento y la rutina.

Para subrayar ese elogio de la complejidad quiero citar ahora aquí brevemente esta reflexión de Manolo sobre El hombre de Maisinicú –con la alegría colateral pero íntima de que en ella mencione a uno de los actores más relevantes de nuestro cine y nuestro teatro y ejemplo consecuente, como Manolo, de intelectual comprometido con la verdad y con la justicia:

A Alberto Delgado, interpretado por Sergio Corrieri, no se le ve actuar jamás como revolucionario, siempre es contrarrevolucionario. Y lo es hasta la muerte, ya que no confiesa, ni en ese momento, su verdadera identidad. Me atraía la visión de una persona a quien no se le conoce nunca su verdadera personalidad, no se le ve recibir instrucciones de sus superiores ni expresar conflictos psicológicos en su quehacer, todo el tiempo está simulando (algo que resolvió muy bien Silvio con la letra de la canción-tema), simulando ser un contrarrevolucionario.

Los formidables resultados artísticos y comunicacionales de este filme, que se mantienen vigentes hasta hoy, respaldan plenamente el camino y el método utilizados por su director para proponernos una visión épica y conmovedora de aquel acontecimiento a partir del ejercicio de la complejidad creadora, radicalmente alejada de los estereotipos tan comunes en obras audiovisuales (y literarias) que tratan de sustentar su validez artística a partir de las “verdades ideológicas” de sus personajes.

Ya en el terreno –y el elogio– de la complejidad, me es imposible no recordar ahora aquella frase definitiva escrita por Pablo de la Torriente Brau en un artículo memorable: …ni me interesa, ni creo en el “hombre perfecto”. Para eso, para encontrar eso que se llama “el hombre perfecto” basta con ir a ver una película del cine norteamericano.

Este alto reconocimiento que está recibiendo hoy seguramente hace justicia también a las múltiples y azarosas tareas, igualmente importantes, que Manolo ha asumido a lo largo de estas décadas jubilosas o difíciles: siempre complejas.

Entre ellas podemos subrayar ahora, sobrevolando la memoria colectiva del ICAIC y de la cultura cubana, su vocación de analista agudo, de líder de opinión y de activista fiel y laborioso dentro del panorama cinematográfico (y no sólo cinematográfico) nacional y latinoamericano. Esa vocación solidaria y participativa se expresó entre nosotros en su trabajo como director de uno de los Grupos de Creación del ICAIC, entre 1988 y 1992 y, ya alcanzando ámbitos más abarcadores, en su condición de fundador del Comité de Cineastas de América Latina, constituido en Caracas en 1974 y en su labor inteligente y sostenida en el Consejo Directivo de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, desde su creación en 1986 hasta hoy.

Aunque la obra cinematográfica de Manolo dejó su huella mayor en la realización de filmes de ficción –línea que puede seguirse, creo, con facilidad en la pantalla y en su hoja de vida–, me parece importante destacar también, en esta hora de repasos y valoraciones, los cinco años (1966-1971) durante los cuales este certero contador de historias realizó alrededor de 40 ediciones del Noticiero ICAIC Latinoamericano, creado por Alfredo Guevara y dirigido, casi desde su fundación, por Santiago Álvarez, el más intuitivo y sorprendente de los documentalistas cubanos, cuyo centenario estaremos celebrando durante el ya próximo 2019. El Noticiero se exhibía semanalmente en todas las salas del país (que entonces eran muchas) hasta la amarga fecha de su desaparición en 1990. No es difícil aventurar que su vertiginoso ritmo de trabajo seguramente constituyó otra fuente de aprendizaje creativo para Manolo, además de mantenerlo en contacto con otra de las zonas sensibles para su capacidad de observación y análisis: la realidad cotidiana, el día a día de la gente de a pie, ese devenir de la Historia en sus claves más aparentemente pequeñas, pero ricas en matices y contradicciones –como la vida misma.

La enumeración rápida pero intensa de los caminos transitados por Manolo Pérez dentro del cine y de la cultura de la Isla será siempre incompleta si no se acompaña de una acción imprescindible: valorar el sensible y generoso costado humano del asunto: la vehemencia (otra palabra clave, como sabemos, en Manolo) con que ha emprendido y realizado esas tareas a lo largo de estas décadas. Esa enumeración profunda y diversa incluye, sin dudas, otra labor que él desarrolló paralelamente a lo largo de aquellos años y que en estos que vivimos probablemente advierte sobre esta urgencia mayor: la de contribuir, de manera aún más sistemática y pública, con su inteligencia, su sagacidad y su compromiso, a la decisiva tarea de pensar con cabeza propia los problemas de nuestro tiempo, como solicitaron, en el suyo, Pablo de la Torriente Brau y Raúl Roa, integrantes de aquella vanguardia formidable que aún puede dar mucha luz y mucho aliento, desde la memoria, a los imprescindibles análisis y las audaces acciones que demandan los tiempos que vivimos.

En una carta memorable escrita en La Habana en 1965 el Che incluyó esta frase que no ha perdido su vigencia esencial a pesar del paso del tiempo: “ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar”. A ese llamado de resonancias actuales ha contribuido la obra cinematográfica de Manolo Pérez, auténtica y honesta, comprometida y participante, sin hacer concesiones a las modas pasajeras ni a los ditirambos oportunos.

Trazando un arco desde su ópera prima hasta nuestros días, resulta esclarecedor, diáfano y útil el siguiente comentario del autor sobre el último filme de ficción que ha realizado hasta hoy, Páginas del diario de Mauricio:

… es una experiencia de esos años duros,1988-2000, que tiene que ver con mi generación y con lo que significa para la generación a la cual yo pertenezco el reajuste de cuentas con las ilusiones del proyecto social y el ajuste de cuentas a nivel familiar. No es que esté directamente asociada a mi vida personal, pero sí lo está en la medida en que amigos míos y yo mismo hemos vivido esa crisis más íntima, más existencial, más relacionada con las interrogantes de por qué pasó lo que pasó y qué hacer, cómo tratar de mantenerse consecuente a esta altura de la vida.

De ahí la trascendencia y la permanencia de la obra cinematográfica de Manolo Pérez entre nosotros –y también, creo, en el futuro. De ahí la admiración que despierta la generosidad de su talento. De ahí este elogio de la complejidad con el que celebramos la obra de un fundador de sueños realizables.

Víctor Casaus