Yo crecí entre libros. Algunos pequeños, otros más grandes, casi inalcanzables, pero todos me seducían con su olor a secreto misterioso. De pequeño me escondía en la biblioteca de la escuela y allí pasaba las tardes, sentado entre dos estantes, devorando cuanto texto llegaba a mis manos. Y Marta, la bibliotecaria, aquella mujer de altura y cariño inmensos, siempre mirándome de reojo, sin lograr entender cómo era posible que al leer me olvidara de cuanto me rodeaba. De ella aprendí que un libro viejo es un amigo viejo, y un libro cerrado es un libro muerto. Ella me inculcó el amor por la lectura.

Tras muchos años es que entendí la importancia de personas como Marta, en la reducida aulita escolar, o como los que en la enorme biblioteca provincial, se sorprenderían con mis pedidos extravagantes siendo aún muy joven, o más tarde, como universitario, los que me atendían con una sonrisa en la Biblioteca de las Artes, del ISA. Antes sus ojos, viví mil lecturas, estudié, encontré amores, sufrí cansancios y despertares. Y ellos allí, siempre en vela, fichando libros, digitalizando, acercándonos la información al alcance de las manos.

Tal vez nunca les dije cuánta importancia tenían, cuánto habían aportado y aportan en el camino de quien emprende una lectura. Ellos son héroes anónimos del conocimiento. Viven en el silencio de las respiraciones y el grito de abrir o cerrar portadas.

Pero hoy lo hago. Hoy se lo digo. Porque es el día de decirles Felicidades. De dar mil gracias por cada página restaurada, cada préstamo, cada minuto, cada caminata, cada subida y bajada de los estantes para que nuestras dudas fueran aclaradas. Por todo, y todos los días en que me  (nos) asisten,

Felicidades Bibliotecarios

Domingo, 7 de junio de 2020