Por Irina Pérez Castillo

Estudiante de 4to año de Danza Contemporánea

Ella era de pelo rojo, lacio, con una peculiar risa cantada y la cara llena de pecas. Era un poco tonta para muchos, pero a él le hacía sentir escalofríos en la espalda, cada vez que la veía cada mañana llegar a la escuela, con sus pasos diminutos y apenados, como quien hubiera cometido algún delito. Él estaba enamorado completamente de ella. Lo que no aspiraba ni un solo momento a ser notado por sus ojos, pues era panzón, tenía siempre la boca abierta y su pelo era todo un carnaval en pleno verano. Él no pasaba de ser uno de esos admiradores clandestinos que recogían flores a escondidas y las colocaba cada mañana en su puerta. Esos que suspiran y esperan desde su ventana con el corazón a punto de partirse, mirando de reojo cada vez que ella pasaba, al retornar la escuela. Pero ella ni siquiera lo notaba, él era un imperceptible soplo de viento en una triste noche de otoño.

Él, para ahogar sus penas, escuchaba música triste que le recordaba a ella. Sus días se volvieron sombríos. Le salieron ojeras, su cara se puso pálida y perdió el apetito. Ya el hecho de ir a la escuela se le había convertido en algo sin rumbo. A todo lo que le preguntaban respondía, sin darse cuenta de lo que habían preguntado.

Entonces encontró refugio en las golosinas, gelatinas, chicles, chocolates y dulces súper caros que vendían en la dulcería al salir de la escuela. Empezó a escribir un libro de odio, bueno, se pueden imaginar todo lo que escribía. Lloraba noches enteras sintiéndose el ser más infeliz de todo el universo. Los días pasaban y cada vez sus esperanzas eran mínimas. Lo último que intentó fue tocar el saxofón en su ventana, si se atrevía a hacer esto sería descubierto aquel loco sentimiento que había guardado con él tanto tiempo. Sabía que sus probabilidades de ser aceptado no eran muchas, pero al menos lanzaría al aire su última ilusión.

Esa noche el viento era suave y a los lejos se sentía cierto murmullo de personas desconocidas. Se trazó todo un plan durante las tres horas aproximadamente que estuvo silbando y haciendo muecas para pasar de ser percibido, sentado en el banco del parque de la esquina esperando llenarse de valor. Pasaban por el parque chicas, ancianas, personas de todo tipo, hasta un señor con aspecto muy raro se acercó a él, para ver si tenía algo para prender un cigarrillo. Las horas comenzaron a pasar y el reloj de aquella vieja que estaba en el centro del parque marcó las 9:00 p.m. Hora perfecta, pensó él y con un pequeño impulso se lanzó a hacer lo que siempre había querido, sin importar lo que pudiera pasar.

Ya han pasado ya seis años de aquella hermosa locura de amor. Viven juntos compartiendo cada ingrediente de pasión entre ellos. Le fascinan sus diferencias tanto como le molestan sus desigualdades, pero no por ello han dejado de compenetrarse. Ella juega con su mirada siempre buscando la de él, mientras él siempre tiene abiertos sus brazos, cargados de energías, para recibirla. Jamás dejan de jugar con el brillo en sus ojos, recordando cómo fue posible hacer realidad ese sueño que quizás más que para ella, para él, era totalmente imposible.

Hoy te digo que nunca dejes de soñar. Hoy que los tiempos son difíciles, quiero que llegue a través de mi pequeña historia, un aliento de esperanza.

Martes, 7 de julio de 2020