La fundación, el 29 de julio de 1976 del Instituto Superior de Arte, hoy Universidad de las Artes de Cuba, abre un nuevo capítulo en la historia de la educación superior y la enseñanza artística cubanas. Este hecho devino cumbre del acumulado cultural y pedagógico de casi dos siglos de historia, potenciado por la voluntad política de la joven Revolución Cubana, que propició la creación de un amplio sistema de instituciones culturales desde el mismo año 1959, y de la necesidad de elevar a niveles superiores la formación de los artistas cubanos egresados de las escuelas de arte.Hitos de ese proceso fueron la fundación de la Escuela de Instructores de Arte en las instalaciones del hotel Comodoro, antiguo emporio del juego de azar de la mafia norteamericana, en 1960. Por primera vez en la práctica pedagógica cubana de las artes, se reunían en una misma institución docente, las manifestaciones musicales, teatrales, danzarias, plásticas y literarias para democratizar y universalizar la cultura y llevarla a todos los sectores del pueblo.

Dos años después, en el otrora exclusivo Country Club of Havana, se cumplía la aspiración de Fidel y el Che, quienes soñaron ver convertido el hotel, la piscina y su elitista campo de golf en el espacio idóneo para la ciudad de las artes de Cubanacán. Así, en 1962, surge la Escuela Nacional de Artes, con sus proyectadas edificaciones, hoy reconocidas como Patrimonio Cultural de Cuba. Los artistas detrás de las bóvedas y los ladrillos fueron Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi, quienes se propusieron idear un espacio que jugara con los conceptos de innovación y de continuidad. Los tres arquitectos comenzaron a trabajar y se propusieron varias líneas que unificara el trabajo de los tres y le diera un sentido de obra total a lo que estaban creando: como primera premisa estaría el empleo de la “bóveda catalana” en los techos; el uso del ladrillo de barro para el alza de los muros; así como integrar cada objeto de obra a la desorbitante naturaleza circundante y a la accidentada topografía del lugar, atravesada además por el Río Quibú, afluente del Almendares; otro de los elementos pactados como suerte de unificadores arquitectónicos fue el desarrollo de pabellones-talleres articulados mediante patios interiores, y unidos a través de galerías.

Algunas de las construcciones planeadas —las diseñadas por Ricardo Porro— hoy están en pleno funcionamiento, como la Escuela Nacional de Danza y la actual Facultad de Artes Visuales; otras, están aún a la espera de ver concluidos los proyectos de Garatti y Gottardi para dar vida a las escuelas de teatro, música y ballet. Pero como sucede en todas las obras trascendentes, la fundación del ISA estuvo llena de turbulencias. ¿La proyectada Universidad de Artes era realmente el complemento que necesitaba el sistema de enseñanza artística? ¿Cumplía las expectativas y aspiraciones de todas y cada una de las especialidades? ¿Por qué la danza y el ballet no se incluían en ese proyecto universitario? ¿Y cómo quedaba la formación de los futuros especialistas para los medios de comunicación audiovisual, es decir, el cine, la radio y la televisión?

No obstante las dudas y las reservas, el Instituto Superior de Arte inició su primer curso académico en septiembre de 1976 bajo la rectoría del Dr. Mario Rodríguez Alemán, con el Dr. José Loyola como Vicerrector Docente, y la compañera Alicia Gargallo como Vicerrectora Económica. Fueron decanos fundadores los Maestros José Ardévol, en Música, Roberto Moret en Artes Plásticas, y Juan José Fuxá, en Artes Escénicas. Al claustro se integró una buena parte de la vanguardia artística nacional, enriquecida de año en año con jóvenes egresados en la medida en que se incrementaban los índices de matrícula y los compromisos de superación, investigación y de extensión cultural; complementada en sus primeros diez años de vida —como había sucedido con las escuelas de arte de nivel medio—, con la colaboración de pedagogos de la URSS, Bulgaria, Polonia y de otros países de la Europa del Este. Su primera matrícula fue, mayoritariamente, de alumnos de cursos para trabajadores en las carreras de música, artes plásticas y actuación, pero al curso siguiente, la joven universidad abrió sus puertas a los primeros cursos regulares diurnos en las tres facultades, con sus organizaciones estudiantiles y juveniles, de masas y políticas.

Desde entonces, el ISA se dejó sentir entre los centros universitarios “pequeños” del país por los resultados de sus estudiantes.

A la par de la excelencia artística, como institución de nivel superior dedicada a la formación de profesionales de las artes, el ISA incluyó en sus planes de estudio disciplinas de formación general, como base teórico-metodológica para la comprensión y ejecutoria de una práctica social responsable, dentro de las coordenadas del arte y la cultura contemporáneos. Las mismas han tributado a la formación de un estilo de pensamiento que permite realizar valoraciones de los diversos problemas de la realidad social y la labor profesional con un enfoque crítico, interdisciplinar e integrador; y, además, han contribuido a la explicación de los aspectos teórico-conceptuales que caracterizan las nociones y teorías filosóficas, sociopolíticas y artístico-culturales en otras latitudes y sus manifestaciones generales en nuestra área geográfica. El estudio de la historia y del devenir de la cultura y las artes nacionales, integrado a las prácticas artísticas concretas, ha dotado al estudiante de recursos interpretativos, necesarios para la formación de valores y sentimientos, desde una visión interdisciplinaria, y le ha permitido una comprensión más profunda de la formación del pueblo-nación del cual forma parte y de su papel y lugar como artista en la contemporaneidad.

En 1986, se logra la consolidación del sistema de enseñanza artística, desde el nivel elemental hasta el nivel universitario. Dos hechos notables de ese arduo proceso fue la concreción de la vieja aspiración de contar con un nivel superior en las artes danzarias, y la apertura de la carrera de arte de los medios de comunicación audiovisual, las cuales incorporaron a sus primeros estudiantes – trabajadores en los perfiles de ballet, danza contemporánea, folclor, dirección, sonido, edición, fotografía y producción a finales de esa década. Las Facultades de Arte Danzario y Arte de los medios de comunicación audiovisual tuvieron como primeros decanos a la Licenciada Elvia Ojeda Ramos y al Maestro Jesús Cabrera Acosta, respectivamente. Hoy, ambas facultades también cuentan con matrículas de estudiantes en cursos regulares diurnos y aportan, como sus compañeras de mayor antigüedad, a la educación postgraduada con maestrías y doctorados.

A lo largo de cuatro décadas, se han desempeñado como rectores las Doctoras Sonia Almazán del Olmo (Vicerrectora Docente en funciones de Rectora durante tres cursos), María Angélica Álvarez Capín, Nuria Nuiry Sánchez, y el Licenciado Miguel Ángel Sánchez Mariño. En 1992 asumió el cargo la Doctora Graciela Fernández Mayo, hasta 1999 en que le sustituye la Doctora Ana María González Mafud, quien permaneció en esa labor por espacio de casi nueve años. En 2008 es nombrado rector el Doctor Rolando González Patricio, quien se mantiene en la actualidad. Las Facultades han contado en sus claustros y direcciones institucionales con personalidades que son paradigmas de nuestra cultura. Nombrarlos a todos sería una relación interminable. Sus fundadores fueron maestros de los que hoy son maestros; y todos prestigian la cultura y las artes de Cuba, tanto nacional como internacionalmente, por lo que muchos de ellos han sido merecedores de importantes premios otorgados, dentro y fuera de Cuba, en las distintas artes y saberes.

Todos, los reconocidos y recordados, junto a otros trabajadores, anónimos e invisibles que no han subido a los estrados a recibir condecoraciones o títulos honoríficos porque su función debió ser otra, han escrito, junto con los alumnos, la odisea de erigir un centro cultural y pedagógico de altos quilates. Ninguno de ellos pretendió hacer historia. Es un mérito colectivo donde se juntan lo bueno y lo malo, lo lúcido y lo turbio, el ensayo y el error, matices que prestan tonos y colores al quehacer cotidiano de cuatro décadas y aportan su impronta a jardines y áreas verdes, y también a la fijeza de unas cúpulas y unas ruinas que, sin ellos, hubieran sido demasiado frías. Por eso, a pesar de los tropiezos, las incomprensiones, las carencias materiales, ha valido la pena esta aventura de cuarenta años, en la que todos los convocados hemos levantado y defendido una Universidad que es orgullo de todos los cubanos.