Han transcurrido 14 días desde que el último grupo de voluntarios se despidiera del ISA, nunca imaginamos que la residencia donde conviven jóvenes artistas se convertiría en centro de aislamiento para la lucha contra la COVID-19.

Desde el pasado agosto un sitio acostumbrado a servir para ensayos interminables, donde el horario de sueño es acompañado por guitarras y oboes, y sus pasillos transitados por jóvenes a medio vestir, se transformó en este hervidero de pijamas, sobrebatas y nasobucos, en silencio prolongado para cuidarle el descanso a los pacientes, aunque los protagonistas continuaron siendo los mismos actores. No fueron pocos los que nos sumamos a este llamado de la Dirección Nacional del país, que asumimos el compromiso con la capital, con nuestros coterráneos, para controlar el rebrote de la epidemia en la capital. La lucha contra nuestros propios miedos fue superior a la preocupación de poder enfermarnos en esta tarea en la que se arriesga tanto. Convocatoria abierta, se sumaron trabajadores,  profesores, estudiantes y miembros de proyectos de la Universidad, así como no faltaron jóvenes de la UH, el ISRI y muchos otros, que su móvil era ser útil, servirle a la Revolución. Con la plena confianza que las autoridades del Gobierno, Cultura y la Universidad de las Artes velarían por nuestra seguridad, como bien nos dijera el Rector momentos previos a la inauguración del centro: la prioridad #1 es la integridad de los muchachos.

Llegado el momento nuestra dinámica de vida cambió, memorizamos  protocolos, nos enfrentamos al miedo, nos protegimos unos a otros y los compañeros con experiencia en este tipo de trabajo casi se convirtieron en nuestros  padres. Así sucedió en estos 4 grupos de valientes que hasta hoy seguimos apoyándonos como la familia que por casi 3 semanas logramos construir, y digo valientes sin que suene trillado o repetitivo, a mi entender hay que vestirse de valor para asumir esta tarea, donde algunos aprendimos a  limpiar, despertábamos antes del amanecer y dormíamos bien entrada la noche, con amplias posibilidades de recibir pacientes en pleno horario de sueño, pero nada de ello fue paliativo para que cada día nuestros pacientes recibieran una sonrisa plena, de esas que solo Thalia sabe reglar, llegamos desde lo interno a sobrenombrarlos, incluso a dialogar con sumo cuidado y extremo uso de los protocolos. Siempre buscamos tiempo para jugar al papelito, aldeanos y lobos, dar clases de danza, con coreografías y ruedas de casino incluidas. Cosas de jóvenes entusiastas, alegres, pero ante todo comprometidos con la realidad que nos ha tocado vivir y la manera de asumirla. No hubo cuestión que no se le consultara a los voluntarios, fuimos gestores natos de las necesidades del personal de salud y los pacientes. Algunos nos autotitulamos jefes de bloque, siempre con previa consulta de los médicos y amparados por las autoridades de nuestra universidad, quienes velaron por nuestras  necesidades, incluso cuando estambamos fuera del centro.

Cada grupo de voluntarios tuvo sus dinámicas, sus modos de trabajo, sus historias para contar, sus momentos de ebullición y otros de calma, pero lo que si será una constante en todos, es el deseo de hacer sin esperar nada a cambio, solo desde el ejercicio consciente de ser útil, de apoyar este proceso revolucionario que tiene como garantes a miles de jóvenes que en todo el país se han incorporado a las tareas de impacto y a la lucha contra la COVID. La Universidad de las Artes reitera su apoyo a cualquier tarea que nos asignen la dirección de nuestro Partido y nuestro Gobierno, pueden contar con esta fragua de la vanguardia artística y con otros miles de jóvenes con ganas de hacer, de aportar, dignos relevos del legado de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Lunes, 2 de noviembre del 2020