Entre cientos de flashes y antorchas los jóvenes cubanos salieron en sólida marcha desde la siempre histórica escalinata de la Universidad de La Habana con rumbo a la fragua martiana. Encabezados por la máxima dirección del Estado y el PCC, todos rendimos tributo al más grande de nuestros pensadores. A un Martí que 166 años después vuelve a nacer y nace todos los días en cada joven universitario. A un Martí que descansa seguro de que su obra revolucionaria sigue viva, en cada luchador de esta -a su decir- Nuestra América.

Una América cada vez más convulsa, con una derecha implacable que no se detiene ante nada en su afán de destruir y subvertir a los gobiernos progresistas y a los movimientos sociales. Una América que otra vez más es azotada y perturbada por conductas neofascistas, por desastres naturales y por un fuerte mal de olvido, de nuestras identidades.

No dude usted, Maestro, ni por un instante, que no cederemos un sólo milímetro en la lucha por mantener la soberanía que preconizó, la igualdad que hemos alcanzado, y la profunda convicción en la victoria, que, desde las aulas, los estudiantes universitarios alcanzaremos.