Por Irina Pérez Castillo 

Es raro cuando recuerdas el momento en que conociste a alguien hace unos cuantos años atrás y de repente esa persona llega, y saca de ti unas sonrisas que provienen de todas las terminaciones nerviosas de tu cuerpo, sin importar a quien tienes delante, solo dejándote llevar por la magia de lo que viste en ella en ese preciso instante. Esa persona en solo cinco segundos alinea tus sentidos con un préstamo voluntario de instantes inolvidables cargados de humildad, tranquilidad, de sueños.
En un pequeño banco ubicado en la bahía ella no se preocupó por ser perfecta, ni mucho menos en ese momento, intentar pulir cada uno de sus defectos. Ella decidió ser realmente auténtica, mientras él la miraba atraído más por su pensamiento que por su alma. Él era como pocos, siempre con raras y locas historias que contar, motivado eternamente por una nueva aventura. No era uno de esos chicos que maquillaban una realidad desconocida y ficticia, mientras cargan la maleta de la superficialidad a sus espaldas. Él no iba de prisa en sus palabras; irradiaba una luz que se quedaba ahí por un buen rato, alumbrándola. Ella aún no podía creer como había pasado el tiempo, pero estaba allí sentada viviendo una mañana agradable, tratando de ocultarse de unos insistentes rayos de sol que le molestaban en el rostro. Pensando ya que le gustaría ver de nuevo a este chico. No sabía en qué lugar, estación o circunstancia, solo pensaba volver a verlo de algún modo, en algún tiempo en que sus destinos coincidieran de nuevo. Él trataba de ser muy observador cada vez que la miraba, buscando cada detalle que pudiera servirle luego para registrarla en su memoria. La timidez se apoderaba de vez en cuando de aquella plática que luego de pasar un par de horas, ninguno de los dos pretendía que cayera en el silencio.
Ellos trataban de conocerse, hablaban de sus realidades. Aquellas angustias que ocultaban detrás de sus sonrisas. Así pasaron casi toda la mañana hasta que llegó el momento de dar por terminado aquel hermoso encuentro. Caminaron juntos hasta la casa de ella. Todo era muy raro. Él antes de marcharse tomó la mano de ella varias veces intentando buscar señales de aquella extraña, pero especial chica, que una vez conoció muy seria en la primaria. Chica a la que le pudo sacar dos de sus secretos tan solo en un día, conociendo sus historias, pagando la cuenta por tomar su helado preferido.
Hoy no saben aún si vuelvan a verse, aunque han planificado unos cuantos encuentros. Quizá no quieran ser tan esquemáticos y deseen dejar al destino el volver a reunirse.

Viernes, 22 de octubre de 2020