SALUDO A LA GRADUACIÓN DEL ISA DEL CURSO 2019-2020

Buenos días:

Con mucho placer recibí la invitación del decanato de la Facultad de Arte Danzario de esta Universidad de las Artes para pronunciar las palabras de saludo a esta graduación del “atípico” curso 2019-2020, en la cual se incluyen además otros graduados de la Facultad de Arte Teatral, Artes Visuales y FAMCA.

Todos sabemos cuán “atípico” ha resultado este tiempo: casi un semestre en cuarentena debido al fatídico virus que, felizmente, parece que vamos eliminando, y que entre otros males, ha dificultado el normal desarrollo de los estudios en todo el país en todos los niveles, y el nuestro no ha sido la excepción.

No es la primera vez que los cubanos hemos tenido que atravesar períodos “atípicos”, a los que muchos dan el adjetivo de “históricos” de acuerdo con las diversas características de cada uno de ellos.

La “juventud acumulada” me permite recordar uno de los primeros de nuestra historia revolucionaria por haberlo vivido y participado de él: el curso 1960-1961 tuvo que ser también detenido casi un semestre antes porque gran parte de nuestro pueblo, en especial los jóvenes, desarrollamos la “histórica” Campaña de Alfabetización, con la cual se iniciaba una completa transformación en la educación cubana, cuando el analfabetismo fue desterrado de nuestra patria y empezaba el progreso educativo y cultural de los cubanos.

Esta etapa, “atípica e histórica”, me lleva al niño casi bitongo que con 12 años se insertó en ese ejército de alfabetizadores y ascendió las riesgosas montañas del Escambray cienfueguero para iniciarse como maestro ¡hace casi 60 años!

No me hice maestro por vocación pedagógica sino por vocación revolucionaria y para cumplir mi compromiso con Cuba, pero además de las colosales experiencias vividas en aquel terreno completamente agreste y muy distante de los beneficios de la vida urbana, aquella campaña me dio la felicidad de ver que mis campesinos podían escribirle una carta de agradecimiento a Fidel por haber aprendido a leer y a escribir.

Cuando me alejé de aquellas montañas perdí contacto con muchos de ellos, pero de otros tuve noticias que habían seguido su superación y, sobre todo, que habían inculcado el gusto por el saber a sus hijos, que llegaron a ser universitarios, como los que graduamos hoy.

Es frecuente en estos actos celebratorios citar cifras que refrenden éxitos alcanzados en el curso, datos que describen los factores estadísticos y objetivos necesarios para los informes oficiales. Por fortuna no dispongo de esos pormenores en esta mañana, lo que me permite comentar de los resultados… o al menos de las expectativas –en apariencias subjetivas– de las que muchas veces adolecen esos informes oficiales.

Y es que, junto a la cantidad de graduandos, las horas lectivas dispensadas, los recursos materiales empleados y los aseguramientos logísticos utilizados, es necesario el análisis de los resultados académicos, entendidos como la fertilidad de los conocimientos que los maestros inoculamos en los alumnos, cómo le han servido –y mejor– le servirán en sus respectivas vidas futuras… y no menos importante es el análisis de la preparación profesoral, la asimilación que los conocimientos académicos hayan podido calar en dependencia de nuestra eficiencia como comunicadores del saber.

El primer salto evaluativo que pudiera detectarse antes de este momento de entrega de diplomas universitarios pudiera ser con los de trabajos de diploma, las conocidas tesis, que tantas preocupaciones acarrean en los educandos… y no menos en sus tutores, oponentes y tribunales. Evaluar cómo estas defensas reflejan los resultados de lo aprendido, desde la elección del tema a investigar hasta las Conclusiones y las polémicas Recomendaciones, reflejan la aplicación de todos estos conocimientos sembrados por los maestros. De qué manera estos resultados se aplicarán en sus vidas profesionales debe ser también  un  indicador  de  cómo nuestra obra magisterial ha sido –o no– efectiva.

Muchas veces he sostenido que la universidad entrega las llaves para abrir las puertas del conocimiento. Esas llaves despiertan la curiosidad científica sustituyendo lo empírico por la percepción docta y TIENEN que ser, a partir de esta salida de las aulas que se produce hoy, la base de todas sus acciones futuras.

Ya no cabrá aquello de “así se ha hecho siempre y se hace porque sí”, y habrá que sustituirlo por “debe ser así porque científicamente es lo correcto”, y cuando se dice “ciencia” no es solo un trabajo de laboratorio sino su aplicación certera en la práctica, como decía el querido maestro Orlando Suárez Tajonera: “Nada hay más práctico que una buena teoría”.

Al citar a este maestro emblemático de nuestra universidad y de nuestra educación superior toda, quiero referirme también al profesor que se enfrenta a la dura pero gratificante empresa de transmitir el conocimiento. Es de evaluar, además de los por cientos de promoción –factor cuantitativo–, la calidad de la comunicación de esos conocimientos, la didáctica y la práctica de la emisión de las novedades que el alumno descubrirá por nosotros.

La erudición del maestro debe proyectarse con claridad por muy alta que esta sea. No se trata de deslumbrar al alumno con aportes lingüísticos o conceptos anatémicos que alejen al estudiante de la comprensión y la sustituyan por la frustración de la ignorancia. Por muy enrevesado que sea el concepto, estamos obligados a transmitirlo de modo que sea aprovechablemente comprendido.

Tampoco puede el maestro olvidar que, en gran medida, es un performer –y utilizo el anglisismo para no particularizar los diferentes sistemas artísticos–, es decir que su comunicación con el alumno conlleva una importante dosis de artisticidad, mucho más cuando se trata de maestros en el sector artístico.

“El hombre es por naturaleza, y aun a despecho suyo, artista”, decía Martí en 1883, y afirmaba más tarde en 1890, cuestionándose ¿qué es el arte?: “el modo más corto de llegar al triunfo de la verdad, y de ponerlo a la vez, de manera que perdure y centellee en las mentes, y en los corazones”.

Por eso el maestro TIENE que mostrarse como ejemplo dentro y fuera del aula, porque, además de la lección a impartir, está el comportamiento a imitar. Tampoco puede aferrarse a lo sabido, tiene que ir con los tiempos para desmitificar las redes sociales que tantas “fake news” nos muestran a diario y llevar al educando a ser un eterno cuestionador y a descubrir por él mismo su verdad.

“Lo hizo maestro, que es hacerse creador”, escribía también Martí sobre su experiencia guatemalteca como profesor de la Escuela Normal y de la Universidad de ese país, y como creadores tenemos que asumir este sacerdocio, más allá de beneficios sociales y económicos. Solo siendo los “evangelios vivos” que pedía Luz podremos sentirnos satisfechos de ser MAESTROS.

Es lugar común tomar estos actos de graduación como una despedida de las aulas, como un hecho nostálgico. En mi caso, este sentimiento de tristeza por la aparente “pérdida” de los alumnos, ¡tanto de los buenos… como de los no tan buenos!, no tiene espacio. En primer lugar, porque hay que despedirlos graduados del nivel superior con la expectativa de que continuarán sus estudios, académicos o no, pues la universidad nunca será lo suficiente para cubrir el conocimiento humano.

En segundo lugar porque, por propia experiencia, siempre permanecemos físicamente unidos cuando asistimos a una función de danza o de teatro o cuando estamos en las academias y vemos a nuestros alumnos licenciados bailando o enseñando; o vemos los diseños de piezas teatrales o filmes realizados por nuestros antiguos educandos, ya como profesionales, y a la salida del teatro o de los salones siempre está el saludo evaluativo: “Maestro, ¿qué le pareció?”

El año próximo cumplo 30 como maestro de esta Universidad. Comencé impartiendo Teoría de la Danza al Curso por Encuentro en la especialidad de Folklore. En la primera graduación de Ballet fui tutor de 15 trabajos de diploma –fui el tutor “piloto”– y vi graduarse a primeros bailarines, a notables maestros, a bailarines de todas las categorías. Era además la segunda graduación de la especialidad de Folklore.

Eran los tiempos del aula de saco, de las inundaciones del Quibú, de los apagones eternos, de los salones escasos –¡en esto no hemos avanzado demasiado! Pero teníamos maestros como Tajonera, Iván Tenorio, Teresa González, Maseda, y muchos que aún nos prestigian y tenemos como Graciela Chao, Miguel Cabrera, Graciela Fernández Mayo, Bárbara Balbuena, Lourdes Ulacia, Alfredo O´Farrill… una buena lista de ejemplos de los sacerdotes de la enseñanza.

Aquellos fueron tiempos “históricos”, estos también quedarán en la “historia” por lo que hemos tenido que sacrificar todos en aras de ofrecer hoy una graduación de licenciados en especialidades artísticas, de artistas universitarios quienes, pese a la fatal pandemia, han llegado a culminar sus estudios y, a partir de ahora, dispondrán de mayores y mejores herramientas para mantener el arte cubano en el lugar que se ha ganado en el contexto mundial.

¡MUCHAS FELICIDADES A TODOS, GRADUADOS… Y MAESTROS, y no se olviden de esta etapa de sus vidas de estudiantes! Cuando “acumulen juventud” estos recuerdos los harán muy felices.

Muchas gracias

Dr. Ismael S. Albelo

Universidad de las Artes

La Habana, 23 de julio de 2020