Por: Ernesto Abel López Guerra, Jefe del Dpto. Filosofía, Estética y Teoría Política, y Coordinador del Encuentro.

Mañana del 19 de febrero de 2019. Segunda jornada de la XIX Conferencia Científica de la Universidad de las Artes.
Doce estudiantes -once de ellos de la Facultad de Música y uno de la Facultad de Arte Teatral- concurren en la Sala “El Ciervo Encantado” para compartir las luces de sus respectivas experiencias formativas desde la docencia, la investigación y la creación artística.

Cinco profesores de Filosofía los acompañamos. Pronto tendríamos la certeza de la cosecha que, gratificante, con creces regresa.

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Ana Gabriela izó las cortinas de la sesión con el estrépito ilustrado de un “sapere aude” (Atrévete a saber) para esbozar su hallazgo del amor a la sabiduría. Nos contó, pues, su fuga con Platón del mito y la caverna, la fábula de unos ídola tras el último sophos renacentista y la odisea kantiana del alumbramiento. Nada, que esta chica se atrevió a saber, y su mayoría de edad es ahora, cuando menos, una sospecha.
Yilian Concepción y Aarón González se inventaron el pentagrama de un Viaje al centro de la tierra, que no existe, dicen en un guiño, pero sí viajaron entre cuartas, quintas y octavas estrelladas, e hicieron su ofrenda lidia en Sol al misterioso monocordio de Pitágoras.

Nathalie Pena, Ilena Peña y Jon Leonard Cruz blandieron el cuadrivium de sus artes liberales en un Trío para Fibonacci y Sofía que, cual maridaje filosófico-musical, convoca a musas y juglares antiguos, medievales, modernos y contemporáneos a un concierto de luces y sones en el retablo del número áureo.

José Manuel Ordás hizo de una vez la pregunta ¿Qué es la música? y nos convidó a la indagación de lo que tempranamente definió como “un manifiesto de cierta realidad”. Asumiendo la índole filosófica de un ejercicio reflexivo que registra lo mismo distintos referentes teóricos, que su propia experiencia, nos habla de color, de espacialidad, de sensoriedad y de intelección. Convinimos con él en que “la música es el arte de combinar los sonidos y el tiempo”, como con Heráclito de Efeso en que cada acorde es un momento irrepetible de la vida.

En la misma sintonía, Iván Fernández Real parece emular a Heidegger con el título de su trabajo El ser y el tiempo en la música, y son ciertamente promisorios el vuelo y la profundidad de este ejercicio intelectual de inspiración claramente filosófica. ¿Cómo se expresa el tiempo en la música? ¿Cuál es la naturaleza de esta expresión singular de la temporalidad? ¿Qué relación existe entre el tiempo y la esencia de una obra musical? ¿Cómo se relacionan el tiempo de la música y la temporalidad en tanto atributo de la realidad? ¿Qué implicación tiene en el ser de una obra musical la modificación de su tiempo al momento de la interpretación? ¿Mantienen su correlación el tiempo y el espacio en la música? ¿Puede el tiempo de la obra musical expresar fielmente la temporalidad de la experiencia subjetiva de su autor? ¿Cómo se relacionan las dimensiones racional y sentimental en el tiempo de la obra musical? Estas son algunas de las interrogantes esbozadas por el autor en un paneo de la teoría de la música desde saberes tan diversos como la física y la matemática, la psicología, la sociología, la antropología y la lingüística.

Sandra Ivette Berriel Jaquinet presentó su proyecto discográfico “Comienzos”. Responde éste al empeño de la joven músico de rendir tributo a géneros musicales como el bolero, el danzón y el feeling, reconocidos como tradicionales e identitarios de la cultura cubana.

La exposición suscitó una reflexión que derivó en la idea de que, cuando es legítima, precisamente por su sentido histórico, la tradición tendrá siempre la capacidad de actualizarse en el curso de la vida y obra de los pueblos. Nuestra compositora, instrumentista e intérprete, está decidida a fertilizar esos géneros con las sonoridades de su tiempo.

La Facultad de Arte Teatral estuvo representada en el carisma y la inquietud intelectual que Massiel Borges González, canaliza en una propuesta de Diseño escenográfico y de vestuario para la tragedia Fedra, de Jean Racine, y la ópera Hipólito y Aricia, de Jean-Philippe Rameau. La estudiante ha rastreado las tribulaciones teatrales del referido mito en las coordenadas culturales de la Grecia de Eurípides, del periodo helenístico del estoico Séneca, y del Clasicismo francés. Desde el pathos trágico nos fue develada la universalidad de ciertas claves de la historia del hombre.

Cerró el foro David Rey Padilla, de la Facultad de Música, con el ensayo Gastón Baquero y la patria sonora de los frutos, un acto de puesta en valor, particularmente en nuestros predios, de un cubano de las letras que, a pesar del tiempo y la distancia, aun transpira cierto influjo en el curso de la poesía hispana, y que diría de los jóvenes cubanos que cultivan ese género literario dentro y fuera de la Isla: “¡Benditos sean! Nada puede secar el árbol de la poesía.” El ponente compartió apuntes de la biografía, el estilo y los motivos líricos más recurrentes del autor de los Poemas invisibles y, por supuesto, también algunas líneas de su poiesis.

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Fue ésta una sesión de trabajo tan fértil como feliz. Su arjé-cocktail: la duda y la especulación, la audacia y el tesón, la humildad y la honestidad. Sus coordenadas: la inteligencia y la buena voluntad. Es lamentable que los ponentes hayan sido su propio auditorio, que apenas si hubo de veras un convite. Seguramente, no fue puro albur este ejercicio ejemplar de la virtud.

Todos fueron ganadores, pero -reconsiderando un criterio inicial- también hubo un Premio y dos Menciones:

Premio:

A Iván Fernández Real (Facultad de Música, 2do. año).
El ser y el tiempo en la música.

Menciones:

A Natalie Pena Rojas, Ilena Peña Fernández y Jon Leonard Cruz Cruz (Facultad de Música, 2do. año).
Trío para Fibonacci y Sofía.

A Masiel Teresa Borges González (Facultad de Arte Teatral, 2do. año).
Diseño escenográfico y de vestuario para la tragedia Fedra, de Jean Racine, y la ópera Hipólito y Aricia, de Jean-Philippe Rameau.