Por: Rey Pascual

Fue ya hace ocho años cuando me enamoré. De esos amores que, de tan fuertes, solo se tienen por las cosas perdurables. Así fue en el 2012, año de calamidades, de vida alborotada, de corre-corre cotidiano, pero también de teatro, mucho teatro. Ése también fue el año en que el Laboratorio Internacional Traspasos Escénicos se convirtió en una pasión sagrada a la que dedicar, cada año las horas de una semana.

Tres años después llegó Dramaturgias/Puentes, el espacio dentro de Traspasos para pensar y construir la dramaturgia. De él, me llevé luces, el conocer Matanzas, el aprendizaje infinito, el –¿qué haces aquí, tú no tienes que estar en el ISA dando clases?–, un amor de ciudad por cinco días, tantas cosas más y la lección principal: entender que la dramaturgia es un cuerpo vivo, que late, que tiene brazos y piernas y que corre fuera de las letras que la organizan en el papel.

Y ahora llega otra vez Traspasos Escénicos, a crear puentes y caminos y autopistas, para vivir la dramaturgia y la escena.

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